La Hebra Dorada

 

«No es el tiempo que pasa, sino la luz que se mueve…»

Cuando tu padre muere descubres algunos de sus rasgos en el espejo. También virtudes y defectos que, hasta su desaparición, habías atribuido única y exclusivamente a tu propio carácter. El talento, si es que existe, no puede heredarse. Lo que sí puede transmitirse de una generación a la siguiente los conocimientos y la voluntad de avanzar en una dirección concreta. Tanto da que sea la música, la escritura, la carpintería o las artes de pesca.

En mi caso, fue la fotografía la que me permitió crear un territorio común con mi padre, Pepe Badía. Fue él quien me enseñó los principios básicos (técnica y composición) de la toma de imágenes. También fue este abogado apasionado de las cámaras quien me regaló mi primera réfllex (una Pentax Spomatic de su colección), me recomendó vivamente que prestara especial atención al objetivo de 50 mm. y, en una época en la que el material fungible ya era bastante caro, me dio sabios consejos para no malgastar papel en el laboratorio.

(c) Pepe Badia1

© Pepe Badía

 En los anaqueles de la biblioteca de su apartamento (en Madrid, a finales de los 70, ya separado de mi madre), hojeé algunos libros que abrieron mi apetito permanente de fotos ajenas. Recuerdo especialmente los volúmenes dedicados a Diane Arbus, Edward Weston y una edición de las mejores instantáneas editadas por la revista Life. También fue mi padre quien, ya entrados los 80, cuando estudiaba y me aburría en la Facultad de Ciencias de la información (él por entonces, ocupaba el cargo de vocal de fotografía del Círculo de Bellas Artes, en una época de verdadera eclosión cultural) me regaló un ejemplar de la 1ª edición castellana de «Sobre la fotografía» de Susan Sontag, que todavía conservo.

Al revisar mi archivo personal de imágenes encuentro, con mucha frecuencia, semejanzas con sus fotos. Muchos de mis bodegones callejeros son instantáneas claramente deudoras de los espacios, fragmentos, detalles y manchas de luz registrados por mi padre. Imágenes, de una sutileza casi oriental que, tal como él mismo reconocía, estaban emparentadas con el blanco y negro de Aaron Siskind, así como con las de Ernst Haas cuando cargaba en su Nikon F3 un carrete de diapositivas. Éstas últimas son mis preferidas.  

(c) Pepe Badia 6

© Pepe Badia

(c) Pepe Badia 5

© Pepe Badia

Además de todo lo arriba señalado, creo que a Pepe Badia le debo, sobre todo, la «mecánica de trabajo» que adquirí con él mientras efectuábamos nuestros «paseos fotográficos». Treinta años antes de que se pusiera de moda en nuestro país la fotografía de calle, mi padre, mis hermanos y yo dedicamos muchos domingos a pasear durante horas por las calles de un Madrid inmerso en la Transición en busca de la hebra dorada, el prodigio emergiendo fugazmente entre dos nubes. Durante esas salidas, aquellos agnósticos confesos no conseguían creer en Dios, pero sí en el milagro de la Luz, con mayúsculas.

© Pepe Badía

© Pepe Badía

© Pepe Badía

© Pepe Badía

De todo esto ha pasado media vida. En los últimos años, el ya retirado en su casa del Gironés y yo instalado en Barcelona, mantuvimos el contacto mediante breves visitas y, sobre todo, conversaciones telefónicas. Éstas casi siempre versaban sobre fotografía, nuestro escudo para aparcar cuestiones espinosas, como los ya históricos desencuentros entre el padre y los hijos, o la distancia afectiva entre el abuelo y sus nietos. Una pregunta ritual previa («¿estás haciendo muchas fotos?») dejaba paso a charlas sobre materiales, nuevas cámaras y, sobre todo, comentarios relativos a las imágenes recientes de ambos, que compartíamos vía Internet. También le pedía su opinión respecto a mis ensayos de fotografía que, (eso nunca se lo dije) nunca hacía públicos si no contaban con su visto bueno previo.

© Pepe Badía

© Pepe Badía

La última vez que conversamos frente a frente, la pasada Semana Santa en Girona, lo encontré mayor y desmejorado. Un detalle me puso en alerta: su confesión que de que hacía tiempo que no le apetecía hacer fotos. Fue al despedirnos aquella mañana de primavera de nubosidad variable cuando observé cómo un rayo alcanzaba su figura, haciendo brillar por un instante su pelo blanco. Yo tenía mi cámara en la mano, pero decidí no tomar una foto. Creo no haberme equivocado.

 A Pepe Badía

(Santa Cruz de Tenerife, 1933 – Girona, 2013)

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Comentarios (4)

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    marisa

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    «No es que el tiempo pasa, sino es la luz que se mueve» … y la muerte es un invento Rafa … nada muere todo se transforma. Parte de la vida y la luz de tu padre esta en tu arte ! … te felicito y me encanto la nota …te sigo … besos. Marisa .

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    Carlos Prieto

    |

    Estupendo homenaje y estupendas imágenes las de tu padre, Rafa.
    Un abrazo

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    Philip

    |

    Gracias por compartir tus recuerdos con nosotros.

    (tengo que llamar a mi padre)

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    Roser

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    El título ha tirado de mí para leer esta entrada. Y la luz a iluminado dos existencias que desconocia. Para mi un feliz descubrimiento
    Un abrazo

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