La tiza y el aerosol

En las instantáneas de los fotógrafos callejeros tomadas con anterioridad a 1970 abundan los suelos y paredes decoradas con dibujos, trazos y mensajes escritos con tizablanca. Las fotos de Brassai, Helen Levitt, John Gutmann o William Klein testimonian la presencia de pequeños artistas que dibujan sobre las aceras o, en ausencia de los mismos, de sus mensajes escritos, ya sean obvios o crípticos, dirigidos a los vecinos del barrio.

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La carencia material y la pacata moral vigente durante la España franquista tenía un punto de relajo en las instantáneas Leopoldo Pomés, Joan Colom o Paco Gómez en las que los dibujos en tiza evidenciaban que los niños, a pesar de aquel régimen de curas y militares, por lo menos tenían la libertad de jugar en la calle.

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Es a partir de la década de 1970 cuando los grafitos que aparecen en la fotografía callejera adquieren un carácter permanente: a partir de estos son los aerosoles y los rotuladores de trazo permanente los que decoran muros, mobiliario urbano o vagones de metro. Con el mayo francés de 1968 comienzan a propagarse las pintadas de ejecución clandestina de carácter político, hasta entonces realizadas a base de brocha y cubo de pintura.

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Ya en los años 80, con el auge de la cultura hip-hop y el arte urbano, las fotografías de la gran mayoría de los fotógrafos callejeros dan fe de la expansión de los trazos multicolores, que van desde los simples “tags” o firmas de “escritores”, hasta los elaborados murales, éstos últimos al vez delo mejores exponentes del verdadero latido de la calle en ciudades como Nueva York, Londres, Berlín, Madrid o Barcelona.

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El cambio de técnica también es indicativo de una transformación lenta pero irrevocable: la calle, ahora entendida por los padres como un espacio inseguro – ya sea por el tráfico, la delincuencia o el temor a una agresión sexual – deja de pertenecer a los chavales, que son confinados en sus momentos de ocio a espacios teóricamente controlados y seguros, como patios de colegio, polideportivos o las viviendas familiares. Con la progresiva desaparición de los niños, serán los jóvenes y adolescentes quienes, ya liberados del control paterno, se reafirman a sí mismos tomando las aceras de la ciudad. Para ello delimitan sus territorios mediante las marcas indelebles de los botes de spray.

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En tanto que documentalistas, una de las tareas de los fotógrafos urbanos es dar constancia de cómo estos mensajes espontáneos realizados con tiza y aerosoles se oponen, superponen o complementan a los discursos gráficos oficiales de la autoridad, así como a la omnipresente presión de los mensajes comerciales que abarrotan la calle. Si desaparecieran de la noche a la mañana todas las pintadas de las ciudades, éstas nos parecerían paisajes urbanos irreconocibles. Conviene estar atento, cámara en mano, a los mensajes que aparecen en los muros y dialogan visualmente con los viandantes que pueblan calles y plazas en las ciudades del siglo XXI.

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