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Un taller en Oaxaca
A fines de febrero tuve la oportunidad de dar un taller de fotografía con mi novia Stephanie, en Oaxaca, México.
El Centro de Esperanza Infantil es una fundación que se ocupa de proveer una educación a niños de pocos recursos en Oaxaca. A través del centro uno puede garantizar la educación de un niño con sólo 250 dólares americanos al año.
En febrero estábamos de pasada por Oaxaca, y nos invitaron a dar un taller para un pequeño grupo de jóvenes de dieciséis y diecisiete años. Estos chicos están terminando la secundaria. El Centro les provee entre otras cosas ropa, materiales escolares, y un lugar donde comer todos los días desde los cinco o seis años, asi que los participantes en nuestro taller llevan por lo menos una década con el Centro. Es emocionante ver cómo unos chicos que de otra manera tal vez no tendrían otra opción que trabajar desde niños, con planes de universidad y ganas de ver el mundo.
Stephanie tiene un diploma en periodismo, así que decidimos que yo hablaría de la historia de la fotografía callejera y de cómo contar una historia con una sola imagen, y ella hablaría sobre el ensayo fotográfico y sobre cómo contar una historia con muchas imágenes.
El segundo día salimos a tomar fotos. Fue interesante ver a chicos que recién empiezan a fotografiar en la calle. Algunos tímidos, fueron perdiendo la timidez a medida que pasaba el día. Otros buscaron y encontraron la forma de conversar con alguien, y durante la conversación hacerle fotos sin que la persona se diera cuenta. Me hizo pensar sobre nuestro modo de fotografiar: después de tantos años de sacar fotos en la calle, uno adopta pequeños trucos, pequeñas formas de hacerlo que se convierten en hábito. Tal vez sea interesante salir a fotografiar un día y pretender que es la primera vez.
El tercer día, editamos las fotos en Lightroom. Los dejo con unas cuantas fotos sacadas por dos de las chicas que tomaron el taller:
Dia de Muertos, aquí y allá
Cuando yo era chico, en el sur de Argentina, el dia de los muertos casi no figuraba en mi radar–recuerdo solo a mi madre, que llevaba flores al cementerio ese día, todos los años. El día de los muertos era una celebración formal y solemne.
Viviendo en San Francisco, y ya como fotógrafo callejero, el día de los muertos es todos los años una oportunidad para hacer fotos: la gente se viste, se pinta la cara, y hay una gran procesión hasta Garfield Square. En los últimos años, como la procesión es generalmente en un día de semana, mi plan era salir del trabajo a las corridas ese día, ya preparado con mis cámaras, para fotografiar la procesión.
En Septiembre, mi novia y yo salimos en un largo viaje de más de un año por Latinoamérica, desde California hasta Tierra del Fuego. Una de las cosas que esperaba era pasar el día de muertos en México. Lo que nos encontramos, en Pátzcuaro, Michoacán, y en los pueblos alrededor del lago, fue algo muy distinto a lo que estábamos acostumbrados en San Francisco. El día de muertos en Pátzcuaro es a la vez solemne y festivo. Sólo los niños salen a pedir dulces con máscaras y caras pintadas. Los cementerios se llenan con familias enteras, vistiendo las tumbas de sus parientes con velas, flores y ofrendas.
La gente se queda toda la noche en el cementerio, comiendo, bebiendo, mientras los músicos van de tumba en tumba tocando canciones.
En fin, no tuvimos la gigantesca procesión que yo esperaba, pero fue una experiencia excelente poder ver cómo son las “verdaderas” celebraciones de éste día. A veces es mejor no saber que esperar.
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Nadie es profeta en su tierra
Para alguien que se considera naturalmente tímido, hacer fotos en la calle es un proceso interesante. En mi caso, desafiar la timidez, ponerme en frente a extraños para sacarles una foto, fue una de las razones por las que empecé a hacer fotografía callejera. Forzarme a sacar fotos me ha ayudado a dejar de ser tímido.
Pero hay otro factor que puede ayudar a superar la timidez: trabajar en un lugar extraño. En Argentina, de donde soy, reconozco gestos y actitudes inmediatamente. A veces esto me hace muy difícil acercarme demasiado. El lenguaje corporal en común hace que uno detecte inmediatamente situaciones en las que no es bienvenido. En cambio, en lugares donde no hablo el idioma, o donde simplemente la cultura es un poco diferente, me es mucho más facil poner la cámara “en las narices” de la gente. Es muy fácil pretender que soy un turista, inclusive en San Francisco, donde he vivido por más tiempo que en Buenos Aires.
En lugares y culturas todavía menos familiares, donde ni siquiera hablo el idioma, sacar fotos de cerca se hace facilísimo. Si alguien me dice algo, mi única opción es sonreir y seguir caminando. Esto me ha pasado en Varsovia, en Hanoi, en Budapest. En Argentina, y de algun modo también en San Francisco, mis fotos son un poco más distantes, o al menos mas pausadas: una situación tiene que ser muy especial para hacer que me acerque.
Como siempre, hay excepciones. Pero en general, la regla es esa: si la gente a la que fotografío es “mi” gente, de alguna manera todo se hace un poco más difícil. A pesar de eso, y profeta o no, todavía me encanta sacar fotos en Argentina.
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Un pedacito del Aleph
El Aleph es un punto en el universo que contiene a todos los otros puntos:
El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo.
El cuento de Borges siempre ha sido uno de mis favoritos. Su final, con Borges saliendo a la calle momentos después de haber visto el aleph, es la parte que siempre recuerdo:
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.
Hace ya unos diez años que hago fotografía callejera en San Francisco. Cada tanto, alguna cara me parece familiar, cuando me cruzo con alguno de mis sujetos de fotos anteriores. Ellos no lo saben, pero de alguna manera, y en forma muy limitada, son parte de mi propio Aleph.

San Francisco, 2005

San Francisco, 2007
Es una de las razones por las que me gusta hacer fotos en la calle. Cada vez que me pasa esto, cada vez que tengo esa impresión de volver, me siento un poquito como el Borges del cuento.
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Nueva incorporación a Calle 35. Juan Buhler

Desde hoy lunes se incorpora a Calle 35 Juan Buhler. Nacido en Argentina en 1969, Juan trabaja como animador de efectos especiales en Pixar, donde ha tenido créditos en películas tan conocidas como Ratatouille, Wall-E y Toy Story 3. Dice que para él la fotografía es sólo un pasatiempo que se toma muy en serio. Desde hace seis años es responsable del fotoblog Water Molotov, donde incorpora una foto de calle cada día.



En palabras del propio Juan, al salir a la calle busca interacciones, momentos entre personas. La cámara le permite olvidarse de su timidez, y le da la excusa de mirar las cosas de cerca. Las fotos sin gente le aburren.

Enlace a la galería de Juan Buhler



































SIgue a Calle 35