Foto de calle y objeto encontrado

Cuando se habla de fotografía de calle lo primero que viene a la cabeza es la idea de una imagen en la que aparecen personas en un contexto urbano. O de una vía publica repleta de puntos visuales de interés, por la que discurren ciudadanos que avanzan con paso decidido. Si bien es cierto que el elemento humano es casi consustancial a la idea de la “street photo”; no es menos verdad que los objetos presentes en el espacio urbano también son fundamentales para tomar el pulso vital a la ciudad. Puede afirmarse que, dentro de la fotografía callejera, un buen puñado de las mejores imágenes deben encuadrarse dentro de apartado o categoría de los “bodegones encontrados”.

 

 

Por bodegón se entiende una imagen que hace referencia a un objeto. Tradicionalmente, en pintura y fotografía éstos se conciben como un conjunto de cosas (o seres vivos inermes, de ahí el término “naturaleza muerta”), dispuestos para ser representados al antojo del creador de la imagen. Es decir, son imágenes cuya composición e iluminación se resuelve durante una sesión fotográfica  pausada, que tiene lugar en un ámbito controlado, el estudio.

Sin embargo, desde principios de siglo XX, con la llegada de la llamada “straight photography”, la fotografía directa realizada en el exterior, autores como Paul Strand, Walker Evans o Berenice Abbot se afanaron en improvisar imágenes con los objetos que iban encontrando en sus paseos callejeros, cámara en ristre. Si bien los bodegones tradicionales hacían sugerencia del poder económico (objetos suntuosos, cuernos de la abundancia) o representaban ideas simbólicas (como  las calaveras del barroco, las “vanitas”, que remarcaban lo efímero de la condición humana); con la “straight photography” se generó un nuevo significado o contenido: las cosas como patrimonio común en el espacio colectivo. De esta manera, las fotos de los maestros frecuentemente simbolizaban los intereses y anhelos de la sociedad de su tiempo. O justo lo contrario: señalaban lo que se consideraba caduco, quedando literalmente abandonado a la vuelta de la esquina.

 

 

 

Los “bodegones encontrados” son instantáneas de elementos inanimados (desde un aparador de fruta a trastos arrumbados, pasando por el mobiliario urbano o elementos de publicidad), que son fotografiados sin que previamente hayan sido alterados por la mano del fotógrafo. En el bodegón callejero sigue primando la regla de oro de la “street photography”: no está permitido escenografiar lo que ocurre delante de la cámara. Según este principio, el fotógrafo no puede manipular, colocar las cosas “para que quede bonito” ni reproducir en la calle una situación de estudio, como desplegar ventanas de flash y reflectores. Como mucho y si la situación así lo precisa, puede aplicar un golpe de flash de cámara, tal como se hace con los viandantes que se “capturan al vuelo”. De hecho, la única decisión que puede tomar el fotógrafo al componer la imagen es decantarse por fotografiar el objeto de interés “entero”, u optar por tomar un detalle de éste, como el capó de un coche aparcado, parte de un valla publicitaria o un fragmento de una pared llena de grafitis. En tal caso, y aplicando la jerga de las artes gráficas, se dice que es un “bodegón a sangre”, ya que el objeto fotografiado alcanza los márgenes físicos de la fotografía, llenando la totalidad de la superficie de la imagen.

 

 

Los “bodegones encontrados” recogen objetos bidimensionales (carteles, rótulos, que a veces llegan a ser casi imágenes abstractas..) o tridimensionales (buzones, semáforos, estanterías, objetos fungibles como latas o envoltorios de comida..). Pueden, incluso, contener elementos antropomórficos, tal como ocurre con las fotos de escaparates con maniquíes, o las vallas publicitarias con sonrisas en cuatricromía. Una parte importante de la producción bodegonista callejera tiene por tema el vínculo entre la calle desierta y un cartel, fotografía o rótulo que crea la ilusión fugaz que hay una persona “real” que “dialoga” con otros elementos de la vía pública.

Otra de las características del bodegón callejero es que, al igual que todo el género de la “street”, podría dividirse en dos grandes grupos, atendiendo a la finalidad de la imagen: remarcar el elemento sorpresa, la asociación de ideas inesperada, de carácter lúdico; o, apoyándose en la poesía visual, crear fotografías íntimas y evocadoras, frecuentemente de tono melancólico o nostálgico.

Algunos fotógrafos de calle desestiman los bodegones encontrados porque, opinan, les falta el pulso vital de la gente. O directamente, los infravaloran porque parecen mas fáciles de realizar que una imagen con elemento humano, sin riesgo a ser interpelado por algún viandante que no quiere salir en las fotos. Los amantes de estos still life, se defienden señalando que tiene un mérito especial saber reconocer y capturar detalles dentro de la marea ingente de la información visual de la calle. Según los defensores de la foto de objeto, hay que saber descubrir el potencial de los detalles, que en muchas ocasiones hablan, y mucho, de los gustos, los intereses, las obsesiones y los sueños colectivos de los ciudadanos de cada época y lugar retratado.

 

 

 

Gracias a los bodegones de Walker Evans, Lisette Model, Helen Levitt (impagables sus grafitis, equivalentes a los parisinos de Brassai), podemos entender el espíritu de una ciudad como Nueva York durante la depresión de los años 30. Una Norteamérica que, ya en los 50, era perfectamente descrita gracias a los espléndidos trabajos de autores como Ernst Haas, Aaron Siskind, Saul Leiter, Fred Herzog o Vivian Maier, todos ellos interesados por mostrar, mediante la fuerza gráfica de sus bodegones, como América, tras la IIª Guerra Mundial, se estaba convirtiendo en una sociedad dominada por el consumo y la opulencia. De igual manera, dentro de unos años se entenderá el Londres de principios del siglo XXI gracias a los sutiles y perspicaces bodegones de Matt Stuart, Nils Jorgensen o David Gibson, “streeters” obsesionados en reflejar el sentimiento de alienación y soledad colectiva en la actual era de la informática. Un tiempo en el que puedes tener mil amigos en el Facebook, pero sentirte a solas entre la marea de gente, tal como también demuestran algunos compañeros de Calle 35, como Carlos Prieto, cuando apuntan con su cámara a cosas que, sólo en apariencia, no tienen vida.

 

 

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Comentarios (6)

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    Luisa

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    Estupendas reflexiones sobre estos bodegones callejeros. De las fotos, me han gustado especialmente la de Nils Jorgensen y la de Gonzalo Juanes.

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      rafa badia

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      Gracias, Luisa! Estoy de acuerdo contigo: Jorgensen y Juanes son maestros en fotografia poetica urbana…

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    Marcelo Caballero

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    Gran post, Rafa!! los street bodegones son muy importantes. Son como un puente con lo demás y son sugerentes e interpretativas.
    Recuerdo a Lee Friedlander que hacía muchos de estos trabajos que lo emparentaban con la soledad de Hopper. Tambien el último Walker Evans y sus polaroids.
    Un libro que está lleno de estos sugerentes street bodegones es Edward Hopper y sus amigos. Gracias por la nota, compañero!

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    Carlos Prieto

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    Gracias Rafa, por incluir una imagen mía junto a la de otros fotógrafos a los que admiro y respeto. Sin duda, no lo merezco.

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  • Referéndum desgarrado | Blog de Marcelo Caballero

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    […] de los detalles – señala el fotógrafo Rafa Badia sobre lo que él mismo denomina como “bodegones encontrados” – que en muchas ocasiones hablan, y mucho, de los gustos, los intereses, las obsesiones y los […]

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  • Referéndum desgarrado | Miradas Cómplices

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    […] de los detalles – señala el fotógrafo Rafa Badia sobre lo que él mismo denomina como “bodegones encontrados” – que en muchas ocasiones hablan, y mucho, de los gustos, los intereses, las obsesiones y los […]

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