La mirada frente al espejo

En “Blancanieves”  la mítica película que estrenó Walt Disney en1938, donde la malvada reina instiga al espejo a que responda a su mayor temor. O  Robert de Niro que apunta con una pistola a  su reflejo en “Taxi Driver” preguntándole: “¿are you talking to me?”.  Éstas, son famosas escenas que  nos muestran esa obsesión por saber “quién es ese”, cómo nos vemos, las marcas que el paso del tiempo produce en nuestros rostros o simplemente el ansia de dejar constancia de que una vez existimos, puede hacernos incluso esclavos de esa imagen. En la historia de la pintura encontramos innumerables casos en los cuales los reyes, mecenas o incluso el pintor quisieron “estar allí”. El maravilloso lienzo de  Jan van Eyck: “Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa”, uno de los mejores ejemplos de pintura pre renacentista, es de los primeros en los cuales se representa una escena cotidiana y cuyo centro de atención es un espejo convexo que se encuentra detrás de los protagonistas y nos devuelve la imagen de dos espectadores de la escena, de nosotros mismos.

Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa – 1434

En “Las Meninas” de  Diego Velázquez,   toda la atención de la obra recae,  no tanto en los personajes propios,  sino en los espectadores de éste:  los reyes contemplando un momento, un instante fugaz en la cual su pintor de corte posiblemente les está realizando un retrato y, junto a la cálida y suave luz lateral de la ventana, se ven / nos vemos de nuevo  reflejados en el espejo del fondo de la estancia.

Las Meninas – 1656

En la línea de la obsesión del artista por la autorepresentación,  la serie de pinturas realizadas por el holandés Rembrandt (Leiden 1606, Amsterdam 1669) a lo largo de su vida puede ser otro ejemplo. Personalmente, siempre me ha gustado enfrentar dos autorretratos en concreto: uno, ese joven de 20 años, de futuro prometedor, altivo y  casi impertinente;

Autorretrato con boina de plumas”, 1629

y el otro, el hombre mayor de rostro ajado y mirada cansada justo al final de su vida.

“Autorretrato a los 63 años”, 1669

La fotografía tal y como apunta Gisèle Freund en su libro “La fotografía como documento social”  ha supuesto una eclosión: ya todos tenemos prácticamente nuestra vida registrada en imágenes y, es obvio,  que queramos “dejar constancia”. Un caso no tan diferente podría encontrarse en la fotografía de calle. Se entiende que aquellos que se dedican a esta disciplina tienen que ser espectadores de algo que sucede frente a ellos mismos y que, de una manera u otra -ropa, cámara, distancia, etc..- , deben pasar desapercibidos. Pero como en todo, no hay manera de escapar a “la mirada del otro”.

© William Klein

© William Klein

© William Klein

Personalmente,  me he dado cuenta que en la selección de mis fotografías no sigo los preceptos del mimetismo callejero. Al utilizar una cámara compacta de película y óptica fija, esto me obliga a acercarme mucho a la escena.. quizás demasiado. Así, muchas de las personas que aparecen en mi trabajo, me miran.

Amberes 2008 © José Manuel Alorda

Me devuelven la mirada… quizás son el reflejo de aquello que yo mismo proyecto: el ansia de pensar que yo también he existido, que he dado un paso y he cruzado la barrera, “que he estado ahí”.

Barcelona 2002 © José Manuel Alorda

© José Manuel Alorda

Quizás, sigo atrapado en el espejo.  

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Comentarios (2)

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    rafa badia

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    Estupendo “post”, Pepe. Todos hemos sentido alguna vez que realmente existimos a traves de la mirada del otro que retratamos. A mi me pasa especialmente cuando trabajo a solas en una ciudad en la que nadie me conoce y estoy de paso, como Amsterdam o Cracovia..
    Esa mirada urgida del otro es la clave, creo, del proyecto “New York 1954-55” de William Klein, quien recobra su ciudad natal y su pasado mediante los retratos callejeros a quemarropa…

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    Marcelo Caballero

    |

    Me ha gustado mucho tu reflexión, Pepe. Esa autoafirmación o auto formulación de la propia existencia como un paso previo o posterior a la mirada del otro…Genial!!
    Un abrazo

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