William Klein según William Klein

@ Iannis Pledel

@ Iannis Pledel

En abril de 2013 leí en el muro del Facebook del fotógrafo Tony Valdez el siguiente texto:

 

(…) Disparaba sin apuntar, encuadraba al buen tuntún, exageraba el grano, el contraste, ampliaba con desmesura y, en general, pasaba el proceso fotográfico por la batidora. Un curso acelerado de lo que no hay que hacer en fotografía. La mayor parte de las veces tenía y usaba de cualquier manera todo los que los fotógrafos de entonces hubieran tirado por la ventana. Pensaba: los pintores se han liberado de las reglas, ¿porqué no los fotógrafos? tal vez era mas fácil para mi, independiente y herético…
WILLIAM KLEIN

William Klein, uno de los fotógrafos que más me gustan, uno de mis favoritos, con el que me identifico, había escrito esas palabras en las que me reconocía y en ellas habitaba la idea que había comenzado a desarrollar en 2010, donde toda la experiencia plástica del período en el que pintaba y dibujaba entraba en conjunción con mi presente.

Quería leer más. Eso era un párrafo y quería el texto completo. Comencé a buscar en la red y después de dos días dí con una publicación de 1983, una colección de 50 volúmenes que podría contenerlo. Busqué un poco más y dí con otra de 1990 en la que también podría encontrarse ese escrito.

Comencé entonces la búsqueda de esos dos fascículos en diferentes sitios, librerías, etc., y en una librería de usados de Madrid, Desván del libro, los encontré. Ese día el dios William Klein estaba de mi lado! Tenían los dos!

Uno era un libro de tapa dura, el número 3 de la colección “Los grandes fotógrafos”, editado por Orbis en el año 1983 y con la foto “Hollywood, 1980” en la portada gris. El otro era el número 8, también de una colección llamada “Los grandes fotógrafos”, pero del año 1990, de la misma editorial pero la foto que ilustraba su negra portada era “Dia de la independencia, Dakar, 1963”. Dos portadas diferentes, dos colecciones y dos números. Me pedí los dos. Llegaron. Los dos libros contenían lo mismo, las mismas fotos, los mismos textos, y hasta el nombre de la foto de portada que aunque eran diferentes se habían olvidado de cambiar. Lo maravilloso era que estaba el texto que buscaba! Se titulaba: William Klein según William Klein.

Luego de toda esta historia, esta anécdota que también habla un poco de mis obsesiones, les quiero compartir el texto completo que he transcripto para que ustedes disfruten junto algunas de las fotos que aparecen en los dos libros.

@ William Klein

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WILLIAM KLEIN SEGÚN WILLIAM KLEIN

Últimamente, más o menos una vez por semana, se me pide que explique qué es, o era, para mí la fotografía. Cuando hacía fotografías, activa y profesionalmente, nadie se tomó jamás la molestia de preguntármelo. Yo no creía tener que decirlo con claridad. Una vez lo intenté, en pocas palabras, y me pareció que la cosa marchaba. Fue en el título del libro en que recogí mis primeras fotografías: Nueva York os sienta bien William Klein Trance Witness Revels. Es así Trance + Chance, Witness + Witness, Revels + Revels (juego de palabras a base de asonancias y aliteraciones, intraducible, n. de la r.) ¿Qué otra cosa puedo decir?

Hace quince años dejé la fotografía para hacer cine. No he dejado de hacer fotografía -ninguno deja-, pero sí he dejado de emborracharme de fotografía o de irritarme por ella. Me he convertido más o menos en un fotógrafo dominguero, es decir, he vuelto a ser un aficionado. Durante las vacaciones haré fotografías como los demás, o fotografiaré sitios bonitos o estrellas del cine. Tal vez algún acontecimiento me obligue a disparar sin pausa, pero no de forma continuada. En gran parte debido a esto, apenas me di cuenta del auge fotográfico de estos últimos años. Se me escaparon muchos de los recientes adelantos técnicos, estéticos y económicos. Fue así hasta hace dos años. Entonces se me pidió que expusiera, que publicara y hasta que volviera a hacer fotografías. Resultaba lisonjero saber que muchas de las que tomé hace 20 o 25 años resistían todavía y eran consideradas como punto de partida de un montón de cosas que luego sucedieron. Una de las razones por las que en el pasado me sentí frustrado por el ambiente fotográfico fue la falta de diálogo con los colegas o con los medios de información, y no menos con el público. Las fotografías que hacía en serio no eran evidentemente muy publicables. Aparte la moda y la publicidad, en 10 años no se me encargaron más de 10 trabajos. Mis libros gustaban a algunos; a la mayoría, no; la cosa terminaba ahí. El mundo de los fotógrafos era un gueto. Cuando creí que en fotografía había hecho todo lo que podía hacer, pasé a otra cosa. Pero ésta es otra historia.

Lo que podría resultar interesante contar aquí es que tratando de echar a andar nuevamente en la fotografía, me he visto obligado a volver sobre mis pasos y a dirigir la mirada hacia lo que había hecho. Por una parte, tenía que poner en orden mi archivo, buscar negativos escondidos Dios sabe dónde, etc.; por otra, descubrir qué trabajos conservaban todavía su significado. Para mí y para la fotografía. Otra cosa. Durante casi un año he pasado revista en los momentos libres a todas las copias de contacto, a todas las fotografías hechas por mí. Aturdido por los ecos del polémico qué-es-la-fotografía, no pude por menos de preguntarme qué era lo que me había impulsado a hacer los cien mil disparos que aún me resonaban en la cabeza.
Esto fue lo primero que descubrí. Casi oía aún los chasquidos del obturador. De forma increíble, cada uno de aquellos rectangulitos de 24 x 56 milímetros me hacía sonar una campanilla en el recuerdo. Cien mil magdalenas proustianas. Logré recordar los olores, el aire, la hora del día o de la noche, qué y cómo sentía, arriba o abajo, seguro o titubeante. No creía que uno pudiese recordar tantas cosas; pero todo estaba allí, almacenado, y el contacto cerraba los circuitos. Todo retornaría: la toma de conciencia, examinando la copia por contacto, de lo que había visto, o creído ver, o, aún más, no había visto, sino sentido y visto por primera vez en la copia por contacto.Examinando hora tras hora, a veces con una lente de aumento, veía algo que no había visto en mucho tiempo, pero que reconocía inmediatamente. Aparte teorías sobre la fotografía, aquello era mi diario.
En mis fotografías -¿y dónde si no?– se podía ver compromiso social, violencia, caricatura; pero, antes que nada, eran páginas de mi diario de familia. El originario fluir de la conciencia.

@ William Klein

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Flashback: cómo empecé a hacer fotografías. Una casualidad, como todo el resto. Tenía unos 24 años. Durante cuatro había estado pintando telas cada vez más abstractas, geométricas, y cada vez también con menos referencias a la realidad. Apenas había acabado de pintar por encargo de alguien ciertos paneles giratorios sobre carriles que dividían una estancia en ambientes separados, cuando los fotografié mientras giraban. Las formas “movidas” que recibí me dieron la idea de que se habría podido recrear y controlar aquel “movimiento” -aquella estela gráfica-, podía surgir del carril formalista, geométrico por el que a la sazón caminábamos todos. Improvisé un pequeño cuarto oscuro y experimenté con la proyección de la luz sobre papel a través de aberturas recortadas en una hoja de cartón negro; era, literalmente, dibujar con luz. El experimento fue bien y empleé sus resultados en otros murales. Tenía un cuarto oscuro en el que podía satisfacer mis caprichos y ampliar las fotografías ocasionales hechas durante las vacaciones. Me pareció que no eran tan feas como pensaba al recogerlas en la tienda de debajo de casa. Empecé a fotografiar sin descanso, primero por pura investigación formal y luego por nostalgia de la realidad de todos los días que no era ya capaz de tratar en mis pinturas.
Como aprendiz de pintor había pasado algún tiempo con Léger. Una de las cosas que aprendí de él fue el gusto por el proceso mecánico y también por la idea de que todo está bien y sirve. Pintura, cine, diseño, fotografía: la misma diferencia, le même combat.

Poco más o menos por entonces se me presentó la ocasión de ir a Nueva York dónde me había criado. Durante seis años había vivido en París y era para mí el primer viaje de vuelta a la patria. De alguna manera me parecía obvio que debía tener una documentación fotográfica de mi vuelta. Sabía que a lo largo de varias semanas miraría las cosas con una doble visión particular: puntos de referencia europeos e instinto nativo neoyorquino. Mi maltratada pero fiel Leica sabría registrarlo todo.Por primera vez hice fotografías con un fin. Pintaba, pero sobre todo trataba de saber quién era. Cosa extraña, pese a haber permanecido en París durante seis años, jamás me había considerado un expatriado. Sentía nostalgia de casa, curiosidad y la sensación de que en Nueva York algo habría sucedido. Tenía un montón de viejas cuentas que saldar con la ciudad y con mi pasado. De niño, creciendo en un semi-slum, me había sentido excluido de la deslumbrante metrópoli que debía de existir en alguna parte aunque sólo se veía en las películas. Al volver pondría las cosas en su punto. Me daba cuenta de tener la llave de la ciudad, si no de mí mismo, la mejor arma secreta, mi Leica.

@ William Klein

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Tenía un aparato fotográfico, pero apenas sabía usarlo. La película justa, el objetivo justo, el filtro justo. ¿Qué importaba? Lo que me interesaba era llevar algo a la película. Y luego ese algo ponerla en una ampliadora. Mi intención era hacer un diario personal. Mi modelo era el Daily News de Nueva York, ese tabloide monstruo de la metrópoli, con sus sensacionalismos, sus escándalos y su política de la Edad de Piedra, que invadía las calles a partir de las tres de la madrugada. Quería usar papel prensa, hacer que mi libro se asemejase al Daily News, hacer que fuese a grandes rasgos tan estrepitoso, que tuviese su energía y su Vulgaridad. Eso y un toque de mi personal visión del Dadá. Como era obvio, las sutilezas de la técnica fotográfica no me inquietaban. En París, con los amigos gravitaba hacia el antiarte: ¿por qué no hacer antifotografías? O por lo menos anti-“buenas” fotografías. Jugué a ser reportero gráfico, tratando el hecho más trivial como si fuese una gran primicia.

Por entonces, 1954, el modelo en fotografía era Cartier-Bresson y el lema, objetividad. Elegancia, mesura, distancia; y discreción. Mi proyecto de diario-tabloide era muy distinto. Anduve en dirección contraria, dejé caer el mito de la objetividad y provoqué una especie de fotomatón callejero. Fotomatón, reportero gráfico, tabloide, parodia, art brut, antifotografía; todo eso para empezar. Sin que me estorbasen la formación ni los tabúes fotográficos, probé todo. Grano, “movimiento”, evasión del encuadre, deformaciones, imágenes accidentales. Disparaba sin apuntar, encuadraba al buen tuntún, exageraba el grano, el contraste, ampliaba con desmesura y, en general, pasaba el proceso fotográfico por la batidora. Un curso acelerado de lo que no hay que hacer en fotografía. La mayor parte de las veces tenía y usaba de cualquier manera todo lo que los fotógrafos de entonces hubieran tirado por la ventana. Pensaba: los pintores se han liberado de las reglas, ¿por qué no los fotógrafos? Tal vez era más fácil para mí, independiente y herético.
Recuerdo lo que supuso hacer aquellas fotografías. Pasando revista a las copias me vuelve a la mente. Hoy, cosa extraña, cuando nuevamente hago fotografías me encuentro en una situación análoga. Dejo de fotografiar durante algún tiempo y me encuentro bajo de forma. Es como interrumpir el entrenamiento o no hablar más que una lengua: el cuerpo o la lengua se olvidan. Mis reflejos se enmohecían, andaban a tientas, me atascaba en movimientos que un día fueron automáticos. Trabajaba para volver a adquirir soltura. Estaba harto de exponer viejas fotografías y quería comprobar que sabía hacer otras teniendo en cuenta todo lo que había acaecido desde que lo dejara.

@ William Klein

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OK. Mirando hacia atrás y dentro de mí, controlé lo que estaba haciendo y había hecho. Dado que se habla de hacer fotografías y no del montaje de una ametralladora, se me perdonará que anote sin orden alguno lo que se experimenta. Preparados, apuntar, disparar. A propósito. Por casualidad. Disparar. El riesgo. No es pintar; componer, añadir, sustraer, cambiar. Pero sólo un golpe. Todo o nada. Bang, estás muerto. O vivo. No dejes nunca de reflexionar. Es asombrosamente raro uno que logra estar 15 segundos sin pensar en sí mismo. Constante. Normal. Absorto en hacer fotografías: tu reflejo en una muchedumbre. En un ojo de plata. Reflejo. Reflexión. Clic. Te viene de la cabeza. La suma de lo que ves, crees ver, recuerdos, proyectos. Asesinar la vida. Todos los capullos de rosa se abren, es como apretar el gatillo. Indicios. Jeroglíficos. Llaves. Calculadoras de bolsillo, cada pulsador con su bip, su circuito. Raíz cuadrada instantánea, memoria. Dejá vu. jamais vu. Revu. Posvisión. Previsión. Japoneses a carretadas hacen fotografías del palacio. Prueba. Celebración. Han estado aquí. Están vivos. Fotografían, luego existen. Vine, vi, triunfé. Veni, vidi, vici = fotografiar. Instinto de reproducción. Reproduce un mundo. Tu mundo. Su signo sobre ti. Deja tu signo. Quiero. No te muevas. Muévete. Sé natural. Una mirada, un gesto y un icono. Un microcosmos. Cada fotografía una célula. Suelta, dispara. Disparado, alcanzado. Caza. Cazado. De caza. De crucero. En desarrollo. Flashback. Disparo en francés = coup. Relámpago, rayo = foudre. Coup de foudre = flechazo. Lo sabes. Todo de una vez. Un hombre que se ahoga vuelve a ver toda su vida. Imagen. Imagina. Hacer fotografías = buscar el coup de foudre. ¿Cuántas veces puede alcanzar el rayo?

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Comentarios (1)

  • Avatar

    Andrés

    |

    Desde luego, mereció la pena la búsqueda del texto.

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